Vice en español produjo una serie de tres mini documentales sobre “Familias diversas” en México. Tuve el privilegio de ser parte del proyecto. Aquí presento los tres videos, junto con los textos que escribí para acompañarlos.

1. Ser padre, ser madre

Todos conocemos el concepto “tradicional” de familia al cual, según grupos conservadores como el del Frente Nacional por la Familia, debemos aspirar: nos debemos enamorar de alguien del sexo opuesto, nos debemos casar y, una vez casados, debemos tener hijos. Nuestras criaturas deben crecer al interior de esta familia que, de acuerdo con estos valores, nunca se debe desintegrar. El divorcio se entiende siempre como una tragedia que se debe evitar.

¿Cuántos vivimos conforme a este modelo?

En México, según datos de la Encuesta Intercensal del 2015, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), solo el 40 por ciento de los hogares están constituidos por un hombre y una mujer casados, con hijos —sin que podamos saber si se trata de hijos biológicos o no—. En otras palabras: el 60 por ciento de los hogares no se adecúa al concepto tradicional. La divergencia del modelo no es la excepción, sino la norma.

Pero ese 60 por ciento tampoco es homogéneo. Pueden encontrarse una variedad de arreglos familiares que van desde los compañeros de casa —que viven con o sin niños—, pasando por las madres y los padres solteros, hasta los parientes que comparten un mismo techo. La primera entrega de nuestra serie Familias diversas muestra tres ejemplos que forman parte de esta mayoría.

La primera es la familia de Oyuki, una mujer trans que, junto con su madre, se encarga de seis niños. Legalmente, ella es tía de dos de ellos y tía abuela de cuatro. En México, 2,535,504 hogares son como los de Oyuki, en los que viven “parientes con niños”. No sabemos cuántos, sin embargo, están, como en el caso de Oyuki, encabezados por una mujer, un hombre o una pareja trans. Una de las deudas del INEGI es, precisamente, la de visibilizar a las personas trans —y sus necesidades— en los censos y encuestas que realiza.

La segunda familia es la conformada por José, Alejandro y Alejandra. José y Alejandro están casados y, desde hace cinco años, son los papás de Alejandra. En México, 42,576 hogares están conformados igual que el suyo. Hay, adicionalmente, 17,992 que están conformados por una pareja de hombres que no están casados y que viven con niños. En otras palabras: hay 60,568 hogares en los que una pareja conformada por dos hombres se encarga de los niños.

La tercera familia es la conformada por Sandra, Gloria y Frida. Legalmente, Sandra es la madre de Frida. La tuvo, hace 15 años, con el que es legalmente el papá de Frida. Tanto Sandra como el padre de Frida se volvieron a casar. Por esta razón, Frida tiene en realidad a dos mujeres más que se encargan de ella: Gloria —la pareja de Sandra— y “Mama K.” —la pareja de su papá—. Esta realidad —la de una niña que tiene dos hogares, tres madres y un padre que la cuidan— ni siquiera se ve reflejada en las estadísticas. Estas solo muestran quiénes conforman un hogar y no los lazos familiares que de hecho existen entre las personas. Hay 12,795,353 hogares conformados por un hombre y una mujer casados, con hijos —que es como el hogar de Frida cuando está con su papá—. Y hay 58,026 hogares conformados por mujeres casadas, con hijos —que es el hogar de Frida cuando está con Sandra y Gloria—. Adicionalmente, son 37,887 los hogares con una pareja de mujeres que viven con niños sin estar casadas.

Tras platicar con estas familias me queda claro que su preocupación principal es la de la mayoría: ¿cómo asegurarle lo mejor a sus hijos y a sus hijas? ¿Cómo garantizar que cada integrante de la familia viva plenamente? ¿Cómo ser felices?

A estas preguntas, sin embargo, hay que agregar otra que se deriva del contexto discriminatorio en el que viven: ¿cómo ser en un mundo que las invisibiliza? ¿Un mundo que les pide, a veces literalmente, que desaparezcan? Así les ocurrió a José y Alejandro, cuando la escuela en la que habían inscrito a su hija les pidió que uno de ellos desapareciera de todas las funciones escolares —no podría ir a recoger a su hija, asistir a reuniones, acudir a festivales, etcétera— si querían que ella siguiera estudiando ahí. Para que ella pudiera ejercer su derecho a recibir educación, ellos tenían que aparentar ser una familia que no eran.

Esa invisibilidad forzada está presente, de alguna forma u otra, en todas las historias. En el caso de Oyuki y de Gloria, por ejemplo, no existe un documento jurídico que refleje los vínculos que tienen con sus hijos. Esto significa que cualquier día podrían perderlos, sin que exista un derecho que las ampare (en el mejor de los casos, tendrían que irse a juicio para ver si se toma en serio la jurisprudencia de la Suprema Corte sobre diversidad familiar).

Encima de todo, las paternidades y maternidades trans en el país siguen sin ser reconocidas como deben. Solo tres entidades federativas —la Ciudad de México, Michoacán y Nayarit— permiten el cambio de nombre y de sexo en el acta de nacimiento (a pesar de que la Suprema Corte ha reconocido que es un derecho). Esto significa que, en la abrumadora mayoría de los estados, las personas trans no pueden contar con documentos que reflejen su identidad, lo que afecta, entre otras cosas, sus vínculos filiales. Por otra parte, solo en diez de 32 entidades federativas existen códigos civiles que permiten el matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción por parte de estas parejas (Campeche, Chiapas, Ciudad de México, Coahuila, Colima, Jalisco, Michoacán, Morelos, Nayarit y Quintana Roo). En el resto de las entidades federativas es necesario que las parejas interpongan un juicio de amparo para casarse o adoptar (amparo que necesariamente ganarían, dado que la Suprema Corte ya ha determinado en decenas de casos que es inconstitucional que les nieguen el acceso al matrimonio y a la adopción).

Ahora, más allá de las leyes que reconocen, o no, estos vínculos filiales, se debe considerar la discriminación que enfrentan las personas LGBT en otros ámbitos también. Según una investigación realizada por la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas en el 2015, las personas LGBT son discriminadas y violentadas por sus mismas familias, en la escuela, en el trabajo, en las calles, en el acceso a distintos servicios —incluidos los de salud— y en el sistema de justicia. De acuerdo con los Principales Resultados del Diagnóstico situacional de personas LGBTTTIQ de México, realizado por la UAM-Xochimilco y otras organizaciones civiles en el 2015, las personas trans reportan una discriminación escolar y laboral particularmente alarmante. Algo que, finalmente, también termina por impactar a sus hijos y a sus hijas. ¿O cómo se supone que les pueden dar “lo mejor” si se les impide acceder a un empleo formal y bien remunerado?

México es un país con una tremenda desigualdad económicauna escasa movilidad social y una vida laboral precaria; con la discriminación, las posibilidades de vivir plenamente se reducen aún más. Vivir —existir— es en sí un acto de resistencia. Y no debería serlo.

Actualmente existen dos debates que se dan en paralelo sobre las familias. El primero, que es el que se deriva del discurso de grupos como el Frente Nacional por la Familia, es el de quiénes deben ser reconocidos como familia (¿qué es una familia? ¿qué hace a una madre ser madre y a un padre ser padre? ¿es la biología lo único que importa?). El segundo es el de qué necesitan las familias (¿vivir en una ciudad segura? ¿apoyo económico? ¿educación de calidad?). El problema con esta división es que, tarde que temprano, es imposible de sostener. No se puede hablar de qué necesitan las familias sin saber de qué familias estamos hablando, porque no todas necesitan lo mismo. Y no se puede hablar de quién debe ser familia, sin voltear a ver quiénes son y qué necesidades reales se estarían reconociendo o invisibilizando con un concepto u otro. No son discusiones en abstracto. Impactan vidas, niños, niñas, padres, madres, abuelas, tías, familias… Tenemos que ver la realidad como es. Estas son algunas de las familias que existen en México, y ya no las podemos desconocer.

 

2. Crecer trans

“Queremos lo mejor para los niños”, dicen algunos para negar la diversidad familiar. Este argumento aparece cuando se cuestiona el modelo tradicional de familia y se usa para alegar que lo que se desvía de este modelo pone en peligro a los niños y a las niñas. La pregunta, sin embargo, es inevitable: cuando se habla así de “los niños”, ¿de qué niños se está hablando?

Si se analiza cuidadosamente la discusión sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción por parte de estas parejas, queda claro que cuando se habla de “los niños”, se asume que son heterosexuales y cisgénero (esto es: que su identidad de género coincide con la jurídicamente asignada y socialmente esperada). El riesgo de exponerlos a las parejas del mismo sexo estriba en que se van a “confundir” sobre cuáles son los “roles de género” adecuados para los hombres y para las mujeres. Esa confusión no será, por supuesto, meramente intelectual, sino que se verá reflejada en la práctica: estos niños y niñas —se cree— se “volverán homosexuales”, “negando su naturaleza de hombres y mujeres”.

Estos “peligros” que se imaginan no se materializan en la realidad. Pero están, además, basados en una presunción sobre los niños y niñas que es errónea, porque no, no todos los niños y niñas son cisgénero y heterosexuales. Los niños, niñas y adolescentes LGBT existen. Y, muchas veces, viven en familias conformadas y encabezadas por personas que no son LGBT.

Si se pretende darle lo mejor a “los niños”, lo que debe preguntarse es: ¿qué es lo mejor para estos niños y niñas? ¿Cómo es la familia que ellos y ellas necesitan para poder desarrollarse plenamente?

En esta entrega de Familias diversas conocí a Sofi, Víctor, Jessica y Gabriel —una niña, un adolescente y dos adultos jóvenes trans, respectivamente— y sus familias. Si tuviera que responder la pregunta de qué necesitan estos niños, niñas y adolescentes, con base en lo que platiqué con ellos y en mi propia experiencia, la respuesta es sencilla: necesitan lo que cualquiera: amor, apoyo y respeto. Que se les permita afirmar quiénes son. Que se les permita explorar lo que quieren y lo que les gusta. Que se les permita jugar, ir a la escuela, enamorarse, socializar. Ser. Es así de sencillo. La realidad, sin embargo, es que, en la mayoría de los casos, aún no lo es.

El primer problema es la violencia que viven estos niños, niñas y adolescentes en las mismas familias.

No existe el dato para México, pero sí para Estados Unidos y sirve para ilustrar y dimensionar el problema: el 40 por ciento de la población joven en ese país que no tiene casa (que es “ homeless”) es LGBT. Son jóvenes que han sido corridos de su propio hogar, por su propia familia, porque son LGBT. En México, según los Resultados de la Encuesta Nacional sobre Discriminación y Juventudes LGBTI, el 41 por ciento de las personas encuestadas reportaron haber sido excluidas o marginadas del ambiente familiar. Según los Principales Resultados del Diagnóstico Situacional de personas LGBTTTIQ de México 2015, uno de los principales lugares en los que se reportó haber vivido discriminación fue en la familia. Estos datos nos obligan a ver cómo funcionan muchas familias en la realidad: no son esos espacios idílicos en donde se ama y acepta incondicionalmente a sus miembros, sino que pueden ser y son muchas veces espacios de violencia. Esta violencia se ejerce de formas particularmente brutales en contra de las personas LGBT. Son los niños, niñas, adolescentes que son golpeados por sus padres, para que se “les quite” lo “torcido”, lo “puto”, lo “marica”, lo “machorra”; que son institucionalizados de manera forzosa, para que “se curen”, como si estuvieran enfermos; que son abandonados o exiliados, porque son una “vergüenza”.

Si los niños, niñas y adolescentes LGBT tienen la suerte de contar con apoyo familiar, como quiera tienen que enfrentar un mundo en los que se siguen violando sus derechos sistemáticamente. Es difícil garantizar la seguridad, la libertad y el respeto fuera de casa.

Para empezar: en México, sólo tres entidades federativas han reformado sus códigos civiles para permitir el cambio de nombre y sexo en el acta de nacimiento (la Ciudad de México, Nayarit y Michoacán). Estas tres reformas, sin embargo, crearon un procedimiento simplificado solo para adultos. Los niños, niñas y adolescentes quedaron fuera. Esto significa que sí es posible cambiar sus documentos —porque tienen derecho a que sus documentos reflejen su identidad—, pero es necesario pelearlo (judicialmente o administrativamente).

Además del problema de los documentos —que impacta tantas cosas: desde pasaportes y visas, hasta registros escolares—, está la discriminación que viven los niños, niñas y adolescentes LGBT en las escuelas. Esta discriminación se manifiesta de múltiples formas: están los golpes, los insultos, y la descalificación constante. Está la exclusión de actividades escolares (los bailes, por ejemplo). Pero hay otros dos problemas. El primero es el de la falta de una educación sexual integral. Ésta es una falta que viola directamente el derecho que tienen todos los niños a recibir información basada en la ciencia, libre de prejuicios y que sea acorde a su edad. Una ausencia que, en el caso de niños, niñas y adolescentes LGBT, sirve para mantenerlos en la invisibilidad y para reproducir impunemente todos los estereotipos que existen sobre ellos.

El segundo problema es cómo las escuelas siguen estando diseñadas para reproducir la diferencia de género. Están los baños de niños y niñas. Están los uniformes de niños y niñas. Están las filas de niños y niñas. Están las actividades de niños y niñas. Están los deportes para niños y niñas. La diferencia se marca una y otra vez. La segregación sigue siendo la regla. Los estereotipos de género son el pan de cada día. Y no deberían serlo. Ese es el principio básico del derecho a la no discriminación por género: poder vivir en un mundo en el que nuestras vidas y derechos no se vean condicionados por ideas que se tienen sobre los hombres y las mujeres, sobre la sexualidad, sobre el género. Que algo tan básico como ir al baño no sea un suplicio; que ponerse unos zapatos o un vestido, no amerite una golpiza; que querer ir a un baile con la persona que más nos gusta no sea la razón por la que perdemos la escuela.

Lo que me lleva al Estado y su ausencia. Los niños, niñas y adolescentes LGBT existen y son titulares de todos los derechos humanos. Tienen el derecho a que se respete su identidad. Tienen el derecho a acceder a una educación, libre de violencia. Tienen derecho a verse representados en la información que se difunde en las escuelas. Tienen derecho a vivir en una familia que no sea violenta, sino amorosa. Tienen derecho a ser.

 

3. Casas Vogue

El sexo y la sangre han sido las bases a partir de las cuales las relaciones entre las personas se han tenido que construir para que se consideren “familia”. El matrimonio es el ejemplo perfecto de esto: dependía de una relación entre dos personas que se unían sexualmente. Sin este componente, de acuerdo a la tradición, no se consumaba un matrimonio. En el modelo clásico, la base de las relaciones entre padres e hijos, hermanos y hermanas, tías y sobrinas, abuelas y nietos, era el vínculo biológico que compartían; vínculo que idealmente surgía gracias a la unión sexual de la pareja matrimonial. En distintas formas, esta concepción de la familia persiste actualmente. Se sigue creyendo que no hay nada como el sexo para unir a las personas y que no hay nada como la sangre para garantizar la permanencia de estos vínculos. Sin sexo o sin sangre, se dice, no hay familia. Hay, en el mejor escenario, “amistad”.

Existen relaciones que desafían esta concepción. Que demuestran que ni el sexo, ni la sangre garantizan el afecto, el respeto, el cuidado o la armonía. Y que permiten ver que no es necesario que exista un vínculo sexual o biológico para que las personas se procuren o se apoyen como se supone “una familia” debe hacerlo. Esta tercera y última entrega de nuestra serie Familias Diversas está dedicada a mostrar precisamente estos límites del concepto tradicional de la familia, a través de las historias que relatan las personas que integran tres de las Casas Vogue que existen actualmente en la Ciudad de México: House of DragsHouse of Machos y House of Apocalipstick.

Las “Casas” forman parte de la cultura ballroom, creación de la comunidad LGBTTTQ negra y latina del Harlem, en Nueva York, de la segunda mitad del siglo XX (aunque se puede argumentar que sus raíces van más atrás). Junto con el vogue —baile que, para dar una referencia, fue apropiado y popularizado por Madonna en 1990— y las competencias de pasarela —en donde la comunidad se congrega—, las casas son uno de los tres pilares que sostienen esta cultura. Funcionan, tal cual, como un refugio para los y las jóvenes LGBTTTQ que, entonces y ahora —como relatan las y los integrantes de las casas mexicanas—, buscan un espacio seguro y libre de discriminación para vivir y ser. Algo que sus familias de origen muchas veces son incapaces de garantizarles. Para dimensionar este problema: en México, según los Principales Resultados del Diagnóstico Situacional de personas LGBTTTIQ de México 2015, uno de los principales lugares en los que se reportó haber vivido discriminación fue en la familia. De acuerdo a los Resultados de la Encuesta Nacional sobre Discriminación y Juventudes LGBTI, publicada en el 2016, el 41 por ciento de las personas encuestadas reportaron haber sido excluidas o marginadas del ambiente familiar.

Desde esta óptica, es válido afirmar que las Casas surgen, en parte, gracias al fracaso del modelo tradicional de la familia, que es incapaz de garantizarle a todas las personas una vida con respeto y libertad. Ofrecen sustento, afecto y apoyo ahí donde hay violencia o abandono. Por lo mismo, son también una muestra de la resiliencia humana. De cómo las personas son capaces de crear vínculos –bailes, comunidades, culturas– incluso en –o quizá gracias a– la adversidad. Valga mencionar que el vogue y las pasarelas –los otros dos pilares de esta cultura– tienen como eje e inspiración principal el juego con el género. A través de este baile, en estas competencias, lo que “allá afuera” es el motivo principal de discriminación es la materia prima con la que trabajan y se liberan. Según me relataron varios de los miembros de las casas mexicanas, esta es, precisamente, una de las razones principales por las que aman este baile: por la posibilidad que ofrece para sublimarse. (Y es que: sí es espectacular. Legendario, como dirían.)

Las Casas son, en sí mismas, un modelo alternativo de familia, en el que la afinidad (por el baile, al menos), el apoyo y la convivencia son la base para la construcción de las relaciones familiares. Si bien utilizan muchas de las figuras del modelo tradicional –hay madres, padres y niñxs (children), entre otras–, las maneras en la que estos roles son asignados y los vínculos son creados no es partir del sexo, la sangre o la edad (otro criterio “tradicional”), sino a partir de la experiencia y el apoyo que los miembros son capaces de dar. (Son tan cruciales estas estructuras sociales en ciertos contextos que hay investigaciones que exploran el papel de prevención que pueden jugar tratándose de la salud, por ejemplo.)

Ahora: las Casas son un ejemplo de los sistemas de apoyo que existen que son alternativos al de la familia tradicional. Hay más, por supuesto. ¿Cuántos? ¿Cuáles? No se sabe, exactamente. Parte del problema es que estos arreglos no han recibido la atención y el aprecio que, a mi parecer, merecen. Quedan comúnmente agrupados bajo la categoría de “amistades” o “compañeros de casa”, que, por lo general, se entienden como un limbo que le precede a “la familia de verdad”: la pareja sexual o los hijos.

En México, por ejemplo, el único dato con el que se cuenta para estimar cuántas personas pueden estar viviendo en un arreglo de este tipo es el que ofrece la Encuesta Intercensal 2015: son 239,512 los hogares conformados por “compañeros de casa que viven sin niños” y 47,075 los que viven con niños. Estos números, por supuesto, son una aproximación. Hay personas que no comparten techo –un “hogar”– con quienes tienen una relación familiar. Y hay “compañeros de casa” que no son nada más que cohabitantes de un mismo espacio. Y quizá, por supuesto, hay relaciones que proporcionan un apoyo increíble que no son, de cualquier manera, concebidas como “familia”. La pregunta importante, por supuesto, es: ¿qué categorizamos así y qué no y por qué?

En otras palabras: ¿Qué es una familia?